My Hotelier’s Story: A Poetic Journey Through Service & Borikén
Hay historias que se despliegan en silencio, no en grandes gestos sino en pasos constantes, días que comienzan antes de que el sol se levante sobre la Cordillera Central y terminan mucho después de que los viajeros hayan encontrado sus sueños entre sábanas recién tendidas. Mi historia es una de esas; tejida con el suave ritmo de las olas de Puerto Rico, el murmullo de conversaciones en un lobby, y el pulso firme de alguien que aprendió desde temprano que servir es un acto de amor. Mucho antes de coordinar eventos o dirigir equipos, yo era una niña curiosa de Borikén descubriendo el mundo un encuentro a la vez, cargando conmigo el aroma de mangos en la carretera y la risa de mi familia grande y amorosa.
Mi camino en la hospitalidad comenzó en Copamarina Beach Resort & Spa, donde aprendí la coreografía sagrada del “front desk” y la precisión de las auditorías nocturnas. Allí, bajo el verano eterno de Guánica, descubrí que la coordinación no es solo una habilidad, es una vocación. Cada check-in, cada itinerario, cada huésped que necesitaba guía a medianoche se convirtió en parte de un ritmo que absorbí como brisa marina. Fue la primera vez que sentí la profunda responsabilidad de recibir a viajeros en la tierra que amo.
Ya fuera organizando operaciones del sector energético, orientando equipos, creando sistemas de seguimiento o manejando decenas de empleados bajo presión, me encontré apoyándome en las mismas fortalezas que el hotelería había cultivado en mí: coordinación impecable, claridad en la crisis, compromiso con el servicio y la capacidad de reconstruir orden donde solo había caos. Mi corazón, siempre leal a Puerto Rico, encontró una nueva forma de protegerla.
Y, aun así, en cada capítulo desde lobbies concurridos hasta los centros de coordinación federal; Borikén siguió siendo mi ruta. La llevaba conmigo a todas partes: en la forma en que daba la bienvenida, en el orgullo de ver a visitantes descubrir nuestra cocina, en las historias que compartía sobre ríos, fogones, noches de coquí y los milagros silenciosos de nuestra isla. Recuerdo la noche en que ofrecí una serenata bajo un eclipse lunar, con Silvio Rodríguez de fondo y murciélagos rozando el agua de una piscina como bailarines bajo un cielo de oro derretido. Aquello me recordó que servir, como amar, es un acto íntimo y sagrado.
Hoy, mi camino vuelve al hogar a través de Desde Mi Bohío, donde todos mis años de coordinación, manejo del tiempo, experiencia hotelera y organización perfeccionada en FEMA se unen en un solo propósito: diseñar experiencias que revelen el Puerto Rico que adoro. Con cada itinerario, evento o viaje personalizado que creo, invito a los viajeros a sentir la isla como yo la he vivido; entre cultura, aventura, calidez, humildad, ritmo y alma.
Mi trayectoria no es solo una carrera; es una historia de amor. La historia de una hotelera que se convirtió en coordinadora, organizadora, mentora, protectora y siempre hija de Borikén. Y mientras continúo adelante, camino con gratitud, lista para darle la bienvenida al mundo al latido de mi isla, un momento bellamente diseñado a la vez.
Aunque intente continuar en la industria recibiendo las visitas de cruceros como Disney con Rico’s Sun Tour ya no era lo mismo; necesitaba sanar las perdidas que el Huracán María trajo a mi vida. Mi carrera se expandió al servicio federal con FEMA; un mundo de logística, coordinación de emergencias, manejo de expedientes y planificación operacional a gran escala.
De allí, mi camino me llevó al pulso vibrante de la planificación de eventos. En el Radisson Ambassador Hotel & Casino en Condado y luego en Four Points by Sheraton en Caguas, me convertí en traductora de sueños transformando ideas en celebraciones, coordinando múltiples departamentos con la delicadeza de una directora guiando una sinfonía.
Aprendí a sostener líneas de tiempo con fortaleza suave, a resolver problemas antes de que florecieran, a asegurar que cada detalle; hasta la última servilleta doblada, se sintiera sin esfuerzo para quienes vivían la experiencia. La gestión del tiempo se convirtió en mi brújula, la comunicación en mi ancla y la creatividad en mi linterna. Mi siguiente capítulo se desarrolló en la elegancia serena de Luxury Rentals International en Dorado Beach, Ritz-Carlton Reserve. Al manejar veinte residencias de lujo valoradas en más de un millón de dólares cada una, me convertí en guardiana de espacios exquisitos y experiencias impecables para los huéspedes. Aprendí a combinar precisión con calidez: coordinando mantenimiento, atendiendo propietarios, preparando llegadas y asegurando que cada estadía reflejara la hospitalidad refinada pero profundamente humana de Puerto Rico. Allí comprendí lo que significa cargar la excelencia con gracia.
And yet, throughout every chapter from busy lobbies to federal command rooms; Borikén remained my constant. I carried her everywhere: in the way I welcomed strangers, in the pride I felt when visitors discovered our cuisine, in the stories I shared about rivers, fogones, coquí lullabies, and the quiet miracles of our island. I remembered the night I serenaded a traveler under a full moon eclipse with Silvio Rodríguez music in the background, bats dipping into a pool like dancers beneath a sky full of starts. It reminded me that service, like love, is intimate and sacred. Today, my path returns home again through Desde Mi Bohío, where all my years of coordination, time management, hospitality mastery, and FEMA-honed organization come together in a single purpose: to design experiences that reveal the Puerto Rico I adore. With every itinerary, event, or personalized journey I create, I invite travelers to feel the island the way I have lived it, through culture, adventure, warmth, humility, rhythm, and soul. My timeline is not just a career; it is a love story. A story of a hotelier who became a coordinator, an organizer, a mentor, a protector and always, a daughter of Borikén. And as I continue forward, I walk with gratitude, ready to welcome the world into the heartbeat of my island, one beautifully planned moment at a time.
There are stories that unfold quietly, not in grand gestures but in steady footsteps, days that begin before the sun lifts over the Cordillera Central and end long after travelers have safely found their dreams between crisp hotel linens. My story is one of those, woven with the soft rhythm of Puerto Rico’s waves, the hum of lobby conversations, and the steady heartbeat of someone who learned early that service is an act of love. Long before I managed events or coordinated teams, I was a curious girl from Borikén discovering the world one interaction at a time, carrying with me the scent of mangos on the roadside and the laughter of my big, loving family. My journey into hospitality began at Copamarina Beach Resort & Spa, where I learned the sacred choreography of the front desk and the precision of the night audit. There, beneath Guánica’s eternal summer, I discovered that coordination is not just a skill; it is a calling. Every check-in, every itinerary, every late-night guest in need of comfort became part of a rhythm I absorbed like ocean breeze. It was the first time I felt the profound responsibility of welcoming travelers to the land I loved.
From there, my path moved toward the pulse of event planning. At the Radisson Ambassador Hotel & Casino in Condado and later at Four Points by Sheraton in Caguas, I became a translator of dreams, turning ideas into celebrations, coordinating multiple departments with the finesse of a conductor guiding a symphony.
I learned to hold timelines with delicate strength, to solve problems before they bloomed, to ensure that every detail down to the last folded napkin, felt effortless to those experiencing it. Time management became my compass, communication my anchor, and creativity my lantern.
My next chapter unfolded in the elegant calm of Luxury Rentals International at Dorado Beach, Ritz-Carlton Reserve. Managing twenty luxury homes worth over a million dollars each, I became guardian of exquisite spaces and seamless guest experiences. I learned to blend precision with warmth: coordinating maintenance, attending to owners, preparing for arrivals, and ensuring that every stay expressed the refined yet soulful hospitality of Puerto Rico. It was here I truly understood what it meant to carry excellence lightly, with grace.
Even that I try to continue my career with Rico’s Sun Tour welcoming cruise lines like Disney, I couldn’t I need it to heal from the loss I had due to Hurricane Maria. My career expanded into federal service with FEMA, a world of logistics, emergency coordination, record management, and operational planning at a much larger scale. Whether organizing energy-sector operations, mentoring teams, building tracking systems, or managing dozens of staff and high-pressure deployments, I found myself relying on the very strengths that hospitality had shaped in me: unwavering coordination, clarity under pressure, dedication to service, and the ability to rebuild order from chaos. My heart, always loyal to Puerto Rico, found a new way to protect her.

